Publicado el: 2026-07-03
El quinto gran tema de Magnifica Humanitas plantea justamente esa tensión: la cultura del poder frente a la civilización del amor. No es una frase romántica ni una consigna piadosa. Es una advertencia muy seria. En tiempos de inteligencia artificial, guerras híbridas, desinformación y decisiones automatizadas, la humanidad puede usar su talento para cuidar mejor la vida o para dominar con mayor precisión.
Hay palabras que envejecen mal. "Poder", por ejemplo, suele sonar a fuerza, mando, control y cálculo. En política se busca, en la economía se acumula, en las redes sociales se exhibe y, cuando nadie lo vigila, se vuelve costumbre. Pero el poder, cuando se separa del amor, termina pareciéndose a una casa enorme sin mesa familiar: mucha estructura, poca vida.
La encíclica señala que la revolución digital está cambiando también la naturaleza de los conflictos: ciberataques, manipulación informativa, campañas de influencia y automatización de decisiones estratégicas. Dicho en lenguaje de calle: ya no solo se pelea con armas visibles; también se pelea con datos, rumores, miedo y pantallas.
La cultura del poder no siempre llega gritando. A veces se presenta como "realismo", "seguridad", "competitividad" o "estrategia". En una campaña electoral, por ejemplo, puede aparecer como mensajes diseñados para encender la rabia contra el adversario. En una empresa, como una decisión fría en la que la gente se reduce a costos. En una familia, como la imposición de quien gana más, habla más fuerte o controla el dinero. En un grupo de amigos, como la burla constante hacia quien piensa distinto.
Y es que el poder, mal entendido, tiene una habilidad peligrosa: convierte al otro en un obstáculo. Ya no se ve a una persona, sino a un problema. Ya no se escucha una historia, sino una amenaza. Así nacen muchas fracturas sociales: primero se endurece el lenguaje, después se rompe la confianza y, finalmente, parece normal tratar al otro como enemigo.
Agustín de Hipona hablaba de dos amores que construyen dos ciudades: el amor cerrado sobre sí mismo y el amor orientado a Dios y al prójimo. Esa imagen, retomada por la encíclica, cae como anillo al dedo en esta época. Porque también hoy se están construyendo ciudades: unas con orgullo, vigilancia y dominio; otras con justicia, diálogo y cuidado.
Conviene decirlo claramente: hablar de civilización del amor no significa negar los conflictos, desconocer la inseguridad o pedir una paz de postal. Nuestra región sabe demasiado de violencia, migración forzada, extorsiones, desigualdad, polarización y desconfianza institucional. Sería irresponsable hablar de amor como si bastara con sonreír.
La civilización del amor exige algo más difícil: justicia. Implica mirar a las víctimas, reparar daños, cuidar a los vulnerables y reconstruir vínculos rotos. También exige desarmar las palabras. Cuántas veces una conversación política termina antes de empezar porque ya viene cargada de insultos. Cuántas reuniones familiares se tensan por etiquetas. Cuántas comunidades se dividen por rumores de WhatsApp que nadie verificó.
La encíclica propone pasar de la lógica de Babel —la torre del orgullo— a la paciencia de reconstruir Jerusalén, piedra por piedra. Esa imagen es hermosa porque no promete soluciones mágicas. Habla de un trabajo lento, compartido y real.
Algunas acciones concretas pueden ayudar:
1. Revisar el lenguaje antes de compartir el enojo.
2. Evitar que la tecnología alimente el odio o la humillación.
3. Escuchar primero a quienes cargan con las consecuencias de una decisión.
4. Promover el diálogo entre sectores que normalmente no se hablan.
5. Educar para la paz desde la casa, la escuela, la empresa y la comunidad.
6. Pedir que las decisiones públicas y tecnológicas tengan controles éticos.
En el trabajo, esto significa liderar sin aplastar. En la familia, corregir sin destruir. En la política, competir sin deshumanizar. En las redes sociales, opinar sin convertir la diferencia en guerra.
Al final, Magnifica Humanitas deja una elección sobre la mesa. La humanidad puede seguir levantando torres de poder, cada vez más altas y más frías. O puede reconstruir espacios donde quepan la verdad, la justicia, la ternura y la paz. Esto último quizá sea lo único verdaderamente humano que todavía vale la pena construir.
Tulio Magaña - Consultor, investigador y conferencista